No sé si a vosotros os pasará lo mismo pero a mí, de vez en cuando, hay imágenes que se me quedan grabadas en la retina y me vienen a la cabeza durante un tiempo, como las olas.
Paseaba este viernes por Murcia cerca de la catedral donde, curiosamente, siempre suena música para mí aunque no haya nadie que toque. Una bici que viene en sentido contrario y lleva como abanderada a una joven sentada en el manillar. Es una de esas bellezas naturales, sin maquillar, con el pelo suelto y de una piel que irradia juventud por cada uno de sus poros. Ella, con los ojos cerrados y una ligera sonrisa que apenas se le dibuja en la cara, se recuesta, con total abandono, en el hombro del chico que dirige la bici. Ambos se encuentran en la misma burbuja, presas de un hechizo. Ella respira tranquilamente el aire del invierno y se deja llevar sin rumbo por la ciudad. Justo cuando están a un par de metros de mí, él se acerca por detrás y le da un muerde en el cuello, el muerde diría yo, porque era el único que encajaba perfectamente en la escena. Fueron muy pocos segundos, o quizá no llegó ni a uno, pero ella con el roce de aquellos labios dejó ver, esta vez sí, una sonrisa en la que se reconocía amada, deseada sin tener que abrir los ojos para confirmarlo.
Me los imagino aún paseando, ajenos a las miradas, a la gente que, a su paso, se queda absorta ante ese mascarón de proa a la deriva por la ciudad, un Titanic con un final feliz.
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Fotografía: "¿Me llevas?" de Sary García// http://www.flickr.com/photos/sary-chan/5470948425/in/photostream//CC by-nc-sa