Microrrelato
Éramos tan jóvenes que ya casi no me alcanza a recordar los detalles que acompañaron aquel momento fugaz. Yo volvía del instituto embutida en mi talla 34 (talla que abandoné en una de esas operaciones bikini infructuosas y a la que nunca he podido volver entrar) y me dejé acompañar por un amigo de la panda. No había que ser muy astuto para darse cuenta de que, últimamente, me estaba empezando a hacer tilín, aunque me acercaría más a la realidad si dijera tolón. Me preguntaba si simplemente le caía bien o a él también le pasaba como a mí, que los recreos se me quedaban cortos, que allí donde se posaba su mirada se me quedaba marcada aquella sensación inolvidable durante algunos segundos, justo hasta después de soltar un suspiro y recuperar mi color natural. Algo en mí me decía, que "sí tonta que le molas" pero yo erre que erre con mi complejo de invisibilidad. Para aquéllos que no controlen este término inventado por mí, diré que se produce cuando un sujeto, en este caso sujeta, cree ser tan insignificante que imagina que pasa desapercibida para los demás y ha de ir continuamente presentándose de nuevo, porque no está segura de que la recuerden. Ignoro si este complejo aparece recogido en algún manual pero tampoco me importa pues, exista o no, yo era la más grande de las magas, una Copperfiled adolescente de primer orden. Pensar que un chico pudiera reparar en mí ya era mucho, pero que además le gustara, eso sobrepasaba toda la teoría de la invisibilidad que, hasta aquella época, mi vida había confirmado con rotundidad.