martes, 21 de octubre de 2014

La música del Mundo


Aquella ninfa del río volvía a casa por el sendero al sol. Como era un día de verano, lucía un atuendo liviano y vaporoso. Yo la seguía de cerca temerosa de hacerla desaparecer. Avanzaba como flotando en el aire y sin embargo era de carne y hueso. 

De repente, para mi sorpresa, agarró un palito que, a modo de batuta, le servía para dirigir la música del Mundo. Murmuraba "¡viento sopla!” y la brisa se escuchaba con más intensidad. Movía su cuerpecillo como un director de orquesta y los pájaros, grillos y demás seres tañían, piaban, croaban al ritmo que ella les marcaba. Una linda melodía surgía entonces de entre los chopos. Yo al menos creí escucharla por primera vez. Ella respiraba tranquila y sonreía. Creo que se volvió a mirar en mi dirección y yo me oculté aún más en la maleza. Estoy segura de que me vio boquiabierta ante toda esa belleza. Yo no sabía si era ella la que hacía sonar el Mundo o simplemente me permitió por esta vez percibir su música. Lo cierto y verdad es que desde entonces el sendero del río ya no es igual o tal vez, simplemente, yo he cambiado. Y, aunque no vuelva a verla nunca más, siempre estará en mí porque es el origen de mi cambio. 


NOTA
Sorprendentemente este relato es real. Su protagonista es mi prima Ivette que con su corta edad y gran imaginación me propuso jugar a hacer música por el sendero del río Mundo de vuelta a casa. Ilusa de mí creía que íbamos a imitar el sonido de los instrumentos con la boca. Ella fue mucho más allá y dirigió, ayudada con un palito, los sonidos que nos rodeaban en plena naturaleza. Cuando un pájaro cantaba, ella le decía: ¡Muy bien pajarito!...Yo la seguía emocionada, sabiendo que ese momento era único al igual que ella. Gracias Ivette.

lunes, 16 de junio de 2014

De lluvia y camaleones

Hoy ha sido un día de lluvia y camaleones. De presentimientos (sin pre) recién nacidos. De encuentros (sin enr) inacabados en un verano que añora aún más verano.

Las palabras que salen solas desde esa parte del corazón llena del aroma al limón recién cortado. No son amargas sino más bien cálidas y suaves, deliciosas. Las palabras que van y vienen, que no permiten que el aire se llene de silencio, que temen que, de no estar ellas, no haya explicación a pie de foto, como en el cine mudo, el cine Exín.

Y en el paseo se saborea el mar desde esta orilla pero no se toca, no se oye, sólo se mira, se sueña. Entre tanto las risas y los comentarios sobre armarios a rebosar de cosas que sí y otras que por si acaso. Ese tipo de acaso que la mayoría de las veces nunca llega porque no ni es una posibilidad siquiera. Y entonces, al final del día, comienza a oler a camaleones y lluvia por todos los rincones en una danza de imágenes que vienen y van como las palabras, deliciosas.




Este escrito lleva 2 años guardado en la recámara. Recoge una tarde rodeada de amigos muy especiales que entonces, ahora y siempre seguirán siéndolo. Ellos saben quiénes son. Es simplemente un juego de palabras que nacieron así del tirón y que me parecen poéticas. Ahí quedan.

sábado, 8 de febrero de 2014

Efímero


Era efímero como las llamas y así se dejaba llevar por el viento, en un vaivén que lo adormecía con arrullos de plata. Sonreía cuando, al pasar por entre los árboles, las ramas acariciaban su cuerpo incandescente. No lo veían, lo sabía, era tan sólo su aura, llena de los colores del universo, su pequeño universo de recuerdos. No volvería más a su habitación, donde todos lo lloraban, ahora se dejaría mecer hasta desaparecer en otra dimensión. Ya no era ni estaba, pero sabía que existía.

La foto es de la primavera pasada en la Sierra del Segura.

jueves, 30 de enero de 2014

Sombra



Nuestra sombra nos persigue, y no podemos hacer nada para separarnos de ella. Algo así ocurrió en aquella civilización, por llamarla de alguna manera. La superproducción de plásticos, objetos inútiles y baterías llegó a unos extremos que no alcanzaríais a imaginar. Salía un nuevo modelo de microprocesador para potenciar la sensación de sabor en la boca y, acto seguido, todos tiraban a la basura el anterior por estar desfasado. La competencia entre compañías era tan feroz que tener se convertía en el lema que movía a la inmensa mayoría. Pero tanto despilfarro creó una gran nube de contaminación que, como toda sombra que se precie de serlo, perseguía en su movimiento a los que la habían creado: las ciudades. Los rayos del sol no podían traspasar la espesa capa de humos que envolvía al que habían dado en llamar, años atrás, el Planeta Azul. En algunas ciudades, las depresiones por no poder ver el astro rey obligaron a instalar pantallas gigantes en las calles donde se retransmitían imágenes preciosas de amaneceres y atardeceres de otras épocas.

Si se observaba desde el planeta de al lado, no se veía ni un cachito de tierra, sólo mar gris y humo que marcaba perfectamente el contorno de los cinco continentes: Amiérdica, Eurroba, Ansia, Cáfrica y Obsceanía.

La gente se echaba las manos a la cabeza, como si todo esto fuera algo nuevo, pero lo cierto y verdad es que ya se hablaba de esta hecatombe desde hacía décadas. Ahora se sabía que los poderes políticos y económicos no le habían dado importancia protegiendo así los intereses de las grandes empresas que movían el mundo a base de dinero.

Algunos empezaron a alzar la voz tras las máscaras antigás que les permitían respirar un sucedáneo del aire puro. Había que acabar con esta pesadilla cuya solución sólo podría pasar por “decrecer” y dejar de “progresar” en comodidades. Tal vez se trataba simplemente de “regresar” al pasado, donde el hombre dejaba huellas y no cicatrices en un Planeta Azul que ahora era tan irreal como los príncipes de los cuentos.
 

Nota: Las imágenes son sacadas de la prensa. Al principio se habló de que el gobierno chino estaba proyectando estas imágenes ante tanta contaminación, luego dijeron que eran parte de una campaña publicitaria. Lo que está claro es que su existencia es bochornosa y hace pensar. Por favor, pensemos pero sobre todo actuemos.

lunes, 20 de enero de 2014

Mar de fondo

Hoyos que dieron lugar a esta investigación.
 
Nunca me dijeron de dónde vienen las emociones y por qué unas veces son abruptas y otras te acarician. Pero no sabían que yo era más tenaz que los silencios, y que les iba a poner las palabras no pronunciadas.

Dicen que todos somos parte de un todo, y eso me dio la pista. Os he traído aquí las fotos que saqué la otra tarde cerca del mar. Allí descubrí esta línea de agujeros que parecen los tubos de un órgano y que provienen directamente de las profundidades del rompeolas. Al parecer se encargan de interpretar la sinfonía que el mar les dicta, expeliendo el aire con las cadencias más variadas. A veces la melodía es brava como la aMARgura, otras tan suave que calMARá. Yo estaba MARavillada al descubrir que el océano puede generar tal gama de sonidos que MARcan tu propio ritmo emocional, una vez en la superficie. Sí, su música te coge de la mano y te transporta desde la tristeza a la euforia sin moverte del sitio. El mar te llama como hace la Luna con las MAReas, hasta la orilla para que te puedas acercar a la voz del mundo. Lo que ocurre es que nos distraemos tantas veces en el ajetreo de la vida que somos incapaces de percibir la melodía que nos rodea. Perdemos infinidad de notas y ya no oímos música sino más bien ruido. Entonces no sabemos si mi-MAR y tu-MAR son lugares distintos o vasos comunicantes. Yo me quedo con lo segundo.

Y a quien piense que todo esto no tiene sentido o que me lo invento, le diré que una de las palabras que más nos gustan y necesitamos es aMAR, ¡por algo será!

Primer plano de la tristeza :-(

viernes, 3 de enero de 2014

Una tarde de verano y una despedida

No he conocido a nadie más al que le gustaran tanto los fósiles.

Nunca me dijo que leía este blog ni me habló de ello a lo largo de su larga enfermedad. Yo imaginaba que algo había visto pero no estuve segura hasta este verano.

Fue una de nuestras últimas conversaciones en el porche de casa de sus padres. Hablábamos de esto y aquello en el bochorno del medio día, rodeados de los sobrinos por los que los dos sentíamos verdadera locura. Como uno de ellos había metido la pata en clase, él dijo: “No te preocupes, todos somos perfectos, pero siempre andamos buscando ser pluscuamperfectos”. Al acabar de decirlo, me miró y, con un brillo especial en los ojos,  sugirió: "¡Anda! Esto lo puedes poner en alguno de los textos que escribes”. Me encantó que hubiera leído algo de este blog, ¡menudo regalo!

Y aquí estoy yo haciendo mi pequeño homenaje a este gran hombre que ha luchado con todas sus fuerzas hasta finales del mes de agosto. Creo que nunca le agradecí bastante que fuera a visitarme cuando me operaron hace tres años. Él tenía que estar cansado de tanto hospital pero allí estuvo, a mi lado, dando ánimos. Gracias.

La realidad no es perfecta aunque, si te paras a pensar, es desde su imperfección desde donde aprendemos. Distinguimos entonces los momentos pluscuamperfectos de los que no lo son. Agradecemos los instantes efímeros, intensos, agradables o deseados y los saboreamos como un bocado exquisito.

Yo he tenido la suerte de conocer a Marcial pero he de confesar que me han faltado muchos ratos de charla con él en los veranos que quedan por venir. Sé que la realidad ha cambiado y que ya no estará más sonriendo en el porche al vernos llegar. Lo sé. Pero lo que sucede es algo que nada tiene que ver con lo que se siente...


DEDICATORIA: Con todo mi cariño y respeto por él y por todos los que estuvieron acompañándolo. Ellos son también mi familia. Marcial me ha enseñado a ser una mejor persona con su sonrisa perenne y su mirada irrepetible. Gracias de nuevo y siempre. 

domingo, 14 de julio de 2013

Los vencejos son para el verano

Vencejo volando a las espaldas de la Parroquia de la Asunción de Hellín

“Voy a ver cómo vuelan los vencejos”, dijo de repente. Y yo lo seguí hasta el balcón de casa de nuestros padres. Al salir me di cuenta de que el cielo estaba lleno de cientos y cientos de ellos. Aquellos pájaros se movían en una danza infinita imposible de repetir. Tejían en el cielo palabras ilegibles y dibujos abstractos que hablaban de libertad. "Volar y volar así debe ser una sensación embriagadora"- me dije.

En casa los llamamos aviones aunque creo que el idioma se equivoca y sería más acertado llamar a estos últimos vencejos. Su vuelo es tan perfecto que el hombre aún no ha logrado plagiarlo.

“Cuando era pequeño me salía a la terraza de la casa vieja a mirarlos. Era uno de mis pasatiempos favoritos”. Nunca me lo había dicho y me supo a secreto recién desvelado y a arrebato de celos por no haber compartido con él esos momentos tan mágicos. A esa edad la mente viaja más rápido que la realidad y se crean universos paralelos en la imaginación. ¿Cómo habrían sido nuestras conversaciones? Dos niños mirando al cielo en una tarde de junio, maravillados ante la naturaleza.

“¿Por qué te gustan tanto?”- le pregunté, a bocajarro. Mi hermano, con la tranquilidad que le caracteriza, después de pensarlo unos segundos, dijo: “La verdad es que no lo sé”. Creo que en realidad lo que me quería decir era que no hacía falta contestar porque ante nosotros estaba la respuesta con toda su belleza. A veces queremos que nos digan lo que se cae por su peso y hacemos que se pierda la magia de los silencios.

Así que me callé y me dediqué a observar el espectáculo sobre el jardín. Sentía que era cierto, yo también los había observado y escuchado desde pequeña pero no lo sabía. Su sonido anunciaba exámenes y final de curso y, lo que era aún mejor, vacaciones, tardes de juegos con los amigos, agua, sol y horas de sueños interminables.

Entonces me contó datos curiosos sobre ellos y yo me hice niña para comprenderlos mejor, porque la imaginación suele decrecer a medida que crecemos, algo que no llego a entender. ¿Será que me estoy haciendo mayor?


Dedicatoria: Las fotos de hoy son del protagonista de este relato, mi hermano Jesús. Con él he compartido momentos muy intensos y sé que aún nos quedan muchos más. Gracias por mostrar tan fácilmente a tu niño, es maravilloso. ¿Seguimos jugando?


Vencejos en la Ermita del Rosario de Hellín
 

jueves, 11 de julio de 2013

A un gran niño

 
Eladio con sus vecinos haciendo lo que tanto le gustaba.

Eladio puede parecer un nombre serio por lo que le llamábamos cariñosamente Eladito. A mi vecino le pegaba más ese apelativo porque conservó siempre su inocencia intacta. Aunque tenía la edad de mi padre era más como yo, un niño. Nunca decía sus años y, si se le preguntaban, respondía incansablemente: «Treinta y joven, treinta y joven».

Algo que no funcionaba bien en su mente le impedía madurar como al resto de personas. Cuando yo lo conocí ya era un niño con forma de hombre. Nunca olvidaré, y me consta que tampoco lo harán mis hermanos, sus ojos azules claros como la sinceridad. Su mirada era la más limpia que he visto en mi vida en un hombre de su talla y me sorprendía que te observaba como lo hacen los bebés.

Su madre le enseñó a leer y a escribir de forma mecánica al igual que hacía cuando repetía los poemas que aprendió de memoria. Él recitaba automáticamente toda la serie de versos con sólo decirle las primeras palabras:

- A un árbol...
- ...una piedra tiró un muchacho y una pera exquisita soltole el árbol- decía él.

Todas tenían su moraleja y, cuando acababa, podía seguir perfectamente hablando de otra cosa, como si nada.

Yo no lo sabía hasta que lo vi un día a la puerta de la residencia en la que pasó sus últimos años, pero a mi manera lo quería. En aquella ocasión me paré a su lado y él me miró como a una desconocida. No me dijo el «perlica» con el que solía llamarme cariñosamente cuando me tenía tomada años atrás, ni sonrió. Cuando me despedía creo que un poco de luz de reconocimiento iluminó sus ojos y con eso me quedo. Ahora comprendo que él para mí no había cambiado, sólo envejecido y yo en cambio ya no era la niña que escuchaba sus historias.

Cuando lo recuerdo me conmueve que la gente no tuviera compasión por él. Llegó en muchas ocasiones a nuestra casa, su refugio en la parte alta del pueblo, lleno de tierra y de ira porque los chiquillos lo insultaban y le tiraban piedras. Nunca entendí que alguien pudiera hacerle daño porque no se metía con nadie. Nosotros lo calmábamos como bien sabíamos, pero lo que realmente me hubiera gustado era quitarle ese dolor.

Sus aficiones eran tocar la armónica, que siempre llevaba en el bolsillo de su americana (¡un niño con americana!), imitar animales, tocar el tambor... Pero una de mis preferidas era cuando interpretaba el gesto y la postura de las figuras de los pasos que procesionaban en Semana Santa. Le decías entonces «el Cristo de los Azotes» y él se quedaba un rato como en éxtasis, con la misma cara de pena y la posición del cuerpo.

Tenía un miedo espantoso a la muerte y cuando se le nombraba su cara mostraba terror. Los críos del pueblo lo sabían y le decían: "Eladito, la caja y la corona". Él huía despavorido gritando y haciendo la señal de la cruz con los dedos.
 
Me dice mi madre que siempre creyó en los Reyes Magos y que le encantaban los juguetes. Al escuchar esto me ha dado mucha ternura y, si cabe, lo todo comprendo más. Se quedó con lo mejor de la infancia: era muy listo.

Eladio era de esas personas que han pasado por aquí como de puntillas porque nunca pudo entrar en el mundo de las personas adultas y creemos que así no se puede dejar huella. Muchos de nosotros perdemos a nuestro niño tan pronto que, desgraciadamente, aunque dejamos grandes huellas, descuidamos los pequeños detalles y nuestros ojos en vez de mirar juzgan, algo que él nunca hizo.
 
 
 
Dedicatoria:
 
Eladio fue alguien que estuvo presente en mi infancia y me apetecía hacerle este pequeño homenaje. En parte yo también soy él, como todos los que han transitado por mi camino. Gracias por ser como eras.

jueves, 2 de mayo de 2013

Lejos


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Nos hemos alejado de lo que somos, me lo dijo ayer un pajarito. 

Me levanté al alba y llovía, una de esas lluvias aterciopeladas que acaricia lo que toca. Entonces, en un charco improvisado, lo vi. Danzando en un ritual de purificación, el mirlo zambullía su cuerpo en el agua recién caída, una y otra vez. Para él aquello era el cielo en el que mirar su reflejo y lavar sus plumas cansadas. Bailaba para recibir el día. Era el niño que se da el primer baño del verano en el mar y juega sin más con las olas. Para él, son siempre nuevas aunque se repitan desde el origen de los tiempos.

Allí estaba, sin importarle que lloviera, que el charco fuera a desaparecer, que hiciera frío o que el día intentara abrir los ojos de la ciudad que aún dormía. Era la naturaleza en estado puro y yo simplemente tomaba un té resguardada en la cocina.

domingo, 10 de marzo de 2013

Calle de la Magia



Una fachada de la Calle Arco Iris

Y llegó, sin saberlo, a un lugar donde las calles llevaban realmente a donde decía su nombre. Empezó por la calle Océano Pacífico. Al pasar por la esquina donde aparecía la placa, una bocanada tibia de aire de mar daba ganas de quitarse los zapatos y caminar por la arena. Se escuchaban las gaviotas que decían, no corras. Aquello le sorprendió pero pensó que era algo casual, un hecho aislado. Siguió caminando y entonces  un olor de la infancia le hizo girar a la derecha por la calle Dulces. La fragancia no solo le inundó la nariz sino también la boca. Los suspiros y los bollos calientes recién salidos del horno se respiraban y deshacían en la lengua, como el algodón dulce de las ferias. No se lo podía creer. Para colmo, la gente no daba muestras de sorpresa y hablaba sobre las aceras, que a veces eran andenes, embarcaderos, trampolines, senderos, nubes… como si nada.

Los habitantes de esta región se preocupaban muy mucho cuando una nueva calle les nacía en las ciudades. Se pasaban mucho tiempo buscando un buen nombre para la criatura. Y claro es que no era sencillo encontrar uno para la nueva avenida que partía de la esquina de la calle Primavera con la plaza del Azahar. Era evidente que cualquier apelativo no haría buen maridaje con ellas. 

Como le contaron más tarde en la calle Respuestas, la decisión de comprarse una casa era harto complicada porque a veces resultaba difícil casar los gustos de todos los miembros de la familia. Lo que le pareció impresionante era el callejero que te daban en la Oficina de Turismo de la plaza Brújula. En él se trazaban recorridos por la ciudad según la estación del año, la edad y el estado de salud o de ánimo del viajero. Nunca pasarías, por ejemplo,  por la calle Alegría en un día de esos en que las historias del pasado te hacen mirar hacia adentro.

En el Ayuntamiento que estaba en la avenida de Democracia Real había un cuaderno en el que los ciudadanos podían escribir sugerencias para dar nombres a las calles nuevas. Y, como podéis imaginar, nuestra viajera no lo pudo evitar y puso “Bosque de Bambú” ;)


NOTA:  Me gusta soñar. Tanto de noche como de día. A veces, mientras voy al trabajo en coche, mi imaginación vuela en vez de viajar sobre ruedas. Este es el microrrelato que me sugirió la calle Oceáno Pacífico a la vuelta de un día movidito en el trabajo. Descubrir que aún quedan en mí rastros de la niña que fui me hace feliz, sencillamente.

martes, 26 de febrero de 2013

No es sí



Y allí estaba yo en mitad de un sueño que no era el mío. Sentía cuerdas invisibles que me movían y me llevaban de un sitio para otro sin preguntar. Un deseo irrefrenable me corroía por dentro cuando, al pasar ante mí algo que realmente me apetecía hacer, notaba un tirón que me apartaba el bocado de los labios. Yo me decía que no era el momento, que el guión no hacía concesiones o que no me podía salir del papel. 

Ser el sueño de otro era una tortura. Me decían que así era todo más sencillo porque no había que pensar ni tomar decisiones. Continuamente salían de mi boca síes que se me atragantaban y formaban un nudo imposible de deshacer. Me sentía como esa niña a la que sus padres le hacían repetir una y otra vez la misma monería ante cualquiera para que vieran lo lista que era. "No importa que no te apetezca, decían, tú eres una niña buena y como tal has de actuar". Y actuaba, claro que actuaba. Estaba a punto de ganar un Óscar por toda una carrera dedicada a la interpretación cuando, de repente, dije NO por primera vez. Un NO rotundo de esos que cuesta pronunciar y en los que no cabe la menor duda. Aquel día, sin saber cómo, oí por fin mi voz y me gustó. Tuve que pronunciar un NO para decirme SÍ.


Imagen: Desconozco el autor de la foto.

domingo, 30 de diciembre de 2012

En construcción


Después de un día sin hablar me apetece escribir. A veces estoy tan hacia afuera que me cuesta mirar lo que pasa dentro. En esos días tan sólo doy pequeñas pinceladas y remozo los desconchados más evidentes como un chapuzas en uno de sus mantente-mientras-cobro y a correr. No quiero ver que a veces los cimientos no son tan sólidos como se podría esperar, que hay pequeñas grietas que duelen y que calmo con bálsamos reparadores que difícilmente cicatrizan. Allí, de obras y sin casco, intento levantar tabiques de colores que separen los estados de ánimo más variados: azul, el sosiego; verde, la esperanza; naranja, la rabia; lila, la nostalgia...

Me encuentro a veces con muros infranqueables que me impiden ver al otro lado y no tengo escalera para asomarme. Me construyo entonces una escala con lo que pillo: recuerdos trenzados, soga de emociones, hilos de sueños y así, poco a poco, llego arriba y descubro otro estadio de mí misma que nunca me había planteado Son esos pequeños retos los que me mantienen con la paleta en la mano dispuesta a ponerme a la obra en cualquier momento. Pero no siempre hay que reparar, a veces basta con derribar para acceder a un recibidor donde descubro muchas puertas que puedo permitirme abrir despacio, a mi ritmo. Incluso puedo negarme a abrirlas y tampoco pasaría nada. Yo decido.

La llave de todo este entramado no tiene copia posible y no se puede acceder a él de cualquier modo. Digamos que es un laberinto que se va construyendo a la vez que se va recorriendo. ¿La salida? Si la hubiera descubierto ya, no estaría ahora mismo escribiendo esto.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Al galope


A veces el ritmo diario me desborda. La riada me lleva al galope por entre los charcos que no llegan ni siquiera a mojarme porque no doy tiempo al agua a que me toque. Una cosa, otra, un pensamiento enmarañado que me lleva a otro que no tiene nada que ver con el primero y que, sin embargo, me parece de lo más lógico. Soy una y mil a la vez, me fracciono y me difumino. 

Una buena costumbre que llevo ya tiempo practicando es pararme de vez en cuando a dejar que el agua me moje. Me dejo impresionar por los sentidos y guardo fotogramas en mi retina por su simple belleza : un gesto imperceptible que hace que seas más tú, una palabra dicha en el momento justo,... Una galería de fotogramas impregnados de olores, sabores, sonidos, colores, emociones que almaceno y que me gusta evocar al final de la jornada. Es mi álbum particular imposible de reproducir o compartir con los demás porque no es material. Si cabe, sirve para dibujarme una ligera sonrisa y proporcionarme un remanso de tranquilidad breve pero intenso.

Últimamente mi colección se ha quedado estancada por la premura de los días y noto que acumulo semanas idénticas las unas a las otras, como trofeos deslucidos en mi azotea. Voy al galope con los ojos cerrados y me gusta más cuando, yendo al paso, me permito recrearme en esos pequeños detalles que marcan la diferencia.

Imagen: Imposible encontrar el autor, lo siento.

domingo, 7 de octubre de 2012

Pequeñez estrellada

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 Hay tanto espacio y somos tan pequeños. Hoy, mirando el cielo estrellado, he sido consciente de lo diminuta que soy y de la importancia tan exagerada que doy a todo lo que hago. He sentido por unos instantes un vértigo mental que me ha hecho caer en la cuenta de que mi existencia es tan sólo algo más que sucede en la naturaleza. No soy diferente de ella y en cambio me creo el centro. Respiro, me muevo, toco pero el aire, la tierra y la materia no se diferencian en nada de mí. Estoy hecha de los mismos elementos químicos que un buen día estuvieron en otro ser, en otro objeto y que seguirán aquí cuando yo me vaya. Simplemente tengo la conciencia y los sentidos que me hacen de filtro para creerme un ser totalmente independiente. ¡Qué equivocada estoy y qué bien me ha venido levantar la cabeza y ver con otros ojos más grandes y abiertos las estrellas! Todo se relativiza porque ¡soy tan pequeña y hay tanto espacio ahí fuera!...

sábado, 29 de septiembre de 2012

Son del mar

Foto de César Cerón

A principios de septiembre volví a participar en Enhebrados, un blog que sigue creciendo y cuya hebra llega cada vez más lejos. Mi enhorabuena desde aquí a César y Paco que tuvieron esta magnífica idea y que, con su dedicación, siguen haciéndola posible. Por supuesto, felicito también desde aquí a todos los que dejan su pequeño pespunte en este blog que se va cosiendo día a día. Tiene tanto magnetismo que estoy enganchada a él y es raro que no saque unos minutos para leer la entrada nueva de cada día.

Os pongo el primer párrafo para que ir haciendo boca: 

"Las reservas de calor para el verano se estaban agotando y en el poblado nos preparábamos para el cargamento de frío que se avecinaba. Los mayores habían trabajado duro guardando provisiones para el invierno. El mar era nuestro recurso natural y a él le dedicábamos las dulces noches del verano para sacar los víveres que luego salábamos al sol." (...) (Si te apetece leerlo, pincha aquí).

jueves, 23 de agosto de 2012

Enhebrados

Imagen de César Cerón
"Enhebrados" está entre mis blogs favoritos desde el primer día que me enteré de su existencia por mi querido amigo César Cerón. Lo que no me podía ni imaginar era que se me iba a brindar la oportunidad de escribir en él. Pues así ha sido y me siento muy afortunada.

La idea que originó "Enhebrados" era sencilla. En sus propias palabras "es un blog mestizo, un trabajo colectivo donde, en formato de microrrelatos, se hacen lecturas de obra visual. La energía que impulsa este proyecto tiene como objeto recuperar la esencia del trueque, el compartir experiencias simplemente porque sí, porque nos da la gana". Lo firman César Cerón y Paco Borrego y las colaboraciones van creciendo cada día. No os lo podéis perder. Un gustazo para la vista y la lectura, os lo aseguro.

Un buen día esta foto de César me llega al correo e, inevitablemente, una historia se desprende de ella sin más porque sus imágenes son evocadoras y hablan por sí solas. 

Como me encanta el texto que escribe César para presentarlo en Facebook os lo transmito también: "Ya sabíamos que nuestra hebra puede recorrer distancias realmente notables. Ahora, en su primera aportación a Enhebrados, Luz Calero nos recuerda que, además, la hebra también puede incluir dosis de amor de medidas incalculables".

Espero seguir hilvanando historias en este blog. Hasta entonces, os dejo con "De vuelta". http://enhebrados.blogspot.com.es/2012/08/de-vuelta.html.

martes, 14 de agosto de 2012

Pensamiento


"El miedo sólo nos impide hacer aquello para lo que no nos sentimos hábiles. Si franqueamos esa barrera, saldremos realmente reforzados y colonizaremos poco a poco unos centímetros más de libertad."

lunes, 13 de agosto de 2012

La sombra del bambú es alargada

El bambú y yo

De repente me di cuenta de que mi viaje a Francia de la semana pasada tuvo su origen en hechos totalmente inconexos entre sí pero que se encadenaron unos a otros con un único fin. Quizás todo empezó con un trabajo que surgió en mitad del verano hace dos años y con un sí como respuesta o a lo mejor todo tuvo su origen antes, no sé. 

El caso es que, después de haber deseado visitar un verdadero bosque de bambú, me encontraba en uno que, para colmo, estaba situado en un país por el que siento verdadera debilidad. Lo que me produjo ponerme a la sombra de bambúes de más de veinte metros era algo muy cercano a lo que me había imaginado y aun así me sobrecogió. No me preguntéis de dónde viene mi querencia por esta planta tan poco habitual por estas tierras ya que es inexplicable. Mi vínculo con él es totalmente circunstancial, pura curiosidad de una internauta que viaja sin rumbo por la red y se topa con una foto del bosque de sus sueños más ancestrales: fresco y acogedor, dejando pasar la luz justa para embellecerse aún más y potenciar un verde perfecto.

Cuando un buen día creé este blog, el nombre me vino con tanta contundencia y rapidez que no lo dudé ni un segundo. Después de visitar la Bambouseraie de Anduze me han quedado claras dos cosas: primero, sigo sin saber por qué me gusta tanto el bambú y segundo, estoy segura de que volveré a internarme en otro bosque pero esta vez en Japón o China. Si sigo escribiendo en este blog, os lo mostraré.

martes, 3 de julio de 2012

Decidir


Siempre se ha dicho que cuando una puerta se cierra hay otra que se abre. Y, si os digo la verdad, no sé si se trata simplemente de un engañabobos pero, como tiene que ver con lo que quiero escribir, ahí queda. 

Estos últimos días he tenido que ser yo la que he cerrado puertas que estaban listas para ser franqueadas. Todo esto me ha hecho pensar mucho en las decisiones que hasta que no se toman se llaman indecisiones e incluso, en algún momento fugaz de lucidez, vuelven a recuperar  su nombre. 

Cuando se trata de cosas materiales, digamos que no resulta demasiado complicado, pero la dificultad crece de manera exponencial cuando hay vínculos afectivos de por medio. Entonces todo se mezcla creando una argamasa que no se puede desenmarañar así como así para poder ver a través de ella. La cabeza da vueltas y vueltas sin pagar entrada en ninguna atracción de feria. Empiezas a sopesar los pros y los contras que, como casi siempre andan empatados, no ayudan sino más bien emborronan. Hasta ahí todo va como se preveía y, claro, te puedes quedar en ese estadio por secula seculorum, rumiando el mismo chicle años y años.
En los casos recalcitrantes lo que funciona a veces es la intuición. Se podría definir como esas decisiones que tomas sin saber muy bien por qué pero con las que te quedas sereno, con la certeza de haber dado en el clavo. Cuanto más se practica el arte de la decisión, más confías en tu dominio de la técnica. Me maravillan las personas que lo ven todo claro y deciden con una seguridad aplastante. Mastican el chicle sólo el tiempo que le dura el sabor, magistral.

Una puerta que se cierra es igual al alea jacta est de los romanos y, a partir de ahí, cualquier cosa puede pasar, hasta incluso que se abra otra. 

Imagen:  Lucy Nieto "Mosaico de Puertas II" http://www.flickr.com/photos/lucynieto/2770891955/sizes/l/in/photostream/ CC BY-NC

martes, 19 de junio de 2012

Ni frío ni calor



Mujer-burbuja feliz
Hoy se ha puesto nuboso y no me extraña, el tiempo también tiene derecho a estar algún que otro día melancólico. De todas formas hace calor, calor murciano del bueno. Lo normal por estas tierras es que luzca el sol y lo sorprendente es que no esté bien visible ahí arriba. A los murcianos nos gusta ver al astro rey y sentirlo pero, eso sí, estando bien pegaditos a un buen aire acondicionado.

Como no podemos controlarlo, negamos el tiempo, al igual que hacemos con otras muchas cosas. Lo etiquetamos como bueno o malo y queremos que se adapte a nuestra temperatura corporal sin más, porque sí. Nos creemos termostatos andantes. Si tengo calor, frío, llueve, hace aire entonces el día es horroroso, como si el pobrecito tuviera la culpa de algo.

Ahora no podemos transpirar porque perdemos el glamour cuando aparecen esas antiestéticas manchas en la ropa. Alcanzamos extremos curiosos, antiecológicos y de juzgado de guardia: ir en invierno de manga corta y en verano con una manguica para andar por casa. Sinceramente no lo entiendo. Cada vez nuestro termostato es más exigente y nos incomoda que no sea siempre un perfecto día de primavera. Entonces las conversaciones se dirigen enflechadas a dar caña al tiempo. Parece que no existe nada más en nuestras vidas que la temperatura, algo totalmente incontrolable. Reaccionamos como niños a los que no se le cumplen todos sus deseos: nos cabreamos, nos ponemos tristones o irascibles, pasamos a refunfuñar y, en nuestra rabieta, no razonamos.

De seguir esto así, el ser humano involucionará perdiendo sus sistemas de refrigeración y calefacción de serie porque los estamos dejando de usar. Si una vez perdimos el vello (bueno, no todos), ¿por qué no podría pasar lo mismo con las glándulas sudoríparas, por ejemplo? Con inventar un sistema personalizado de control de temperatura, problema resuelto. Y ni que decir tiene de la erradicación de las guerras del grado arribaabajo que se dan en los espacios comunes. ¡Vamos, todo ventajas!

Los humanos no somos habitantes de primera clase en la Tierra porque aquí no hay categorías posibles, estamos todos en el mismo barco. No podemos no estar en contacto con la naturaleza pues, por mucho que la neguemos, somos ella. De nada valen los caparazones que nos aislan de nuestra esencia. Por favor, si el futuro es ser mujer-burbuja, que me quede como estoy.

lunes, 18 de junio de 2012

La primera vez


Nos configuramos sumando todas las primeras veces vividas
Siempre hay una primera vez... para todo. Últimamente, no sé si llevada por la edad que me hace mirar al pasado con otros ojos, me ha dado por recordar hechos que fueron únicos por ser los pioneros. No, no penséis mal, por supuesto que hay una "primera vez" pero, tranquilos, que no va a ser la protagonista de esta entrada.

En esas ocasiones en las que tu experiencia se regenera al descubrir algo nuevo, se produce una reacción que te despierta porque, para unos seres tan rutinarios como nosotros, lo que rompe nos descoloca y a la vez nos permite seguir aprendiendo. Es con la satisfacción de pasar a una nueva fase, con lo que se construye todo. 

A quien me conoce desde hace tiempo no le extrañará saber que fui incapaz de hablar delante de un grupo de desconocidos hasta pasados los veinte. Fue en una clase en la facultad. Ante una pregunta al aire del profesor, un resorte me hizo levantar la mano y ponerme colorada como un tomate, o incluso puede que fuera al revés. Contesté y escuché mi voz como en off, como si no fuera mía. Di la respuesta correcta y en aquel momento comprendí que tenía cosas interesantes que decir. Podría haberme callado por miedo, pero estoy segura de que esa situación me ha hecho llegar en parte hasta donde me encuentro hoy.

La primera vez que conduje fue más traumática. Era una niña pequeña porque recuerdo que aun estando de pie en el 2 CV de mi padre, mi cabeza no sobresalía por el salpicadero. No sé cómo ni por qué pero accioné el freno de mano mientras jugaba en el coche. Nos encontrábamos en el monte y el vehículo empezó a rodar dando un gran susto a mis padres que corrieron detrás de mí como posesos. Me pregunto si tal vez por eso me costó lanzarme a conducir, algo que ahora me gusta y me relaja.

Tener un hijo, el primer amor con beso incorporado, la panda de amigos, ver el mar, perder a un ser querido, ese viaje sola, ... suponen momentos iniciáticos a partir de los cuales ya no eres la misma. Entonces ya eres tú + tu circunstancia como diría Ortega y Gasset y, a partir de ahí, no hay posibilidad de retorno. Da vértigo pensarlo, ¿no?