sábado, 16 de junio de 2012

Las lágrimas

Hay veces en que las lágrimas llegan porque sí, porque no tienes otra manera de expresarte. No siempre son una señal de tristeza pero, si te paras a mirar, en el fondo encuentras al menos un atisbo de melancolía. Son, las lágrimas, el testigo mudo de las emociones que manan con dulzura desde el interior, creando un remanso interno donde hace un momento había aguas turbulentas y rebosantes. Al caer purifican y borran suavemente su camino que, inexplicablemente, queda listo para una nueva inundación. 

Se puede llorar con los ojos secos, con suspiros, con miradas perdidas, con el pensamiento, eso es algo que no resulta complicado. Hacerlo así es menos depurativo y provoca inundaciones internas que pueden durar incluso décadas. No lo recomiendo. Cuando hay que llorar, se llora aunque al segundo siguiente estés riendo como si nada. No, no estoy loca de atar, o tal vez sí ;).

Me hubiera gustado llorar a borbotones cuando tenía ganas de hacerlo, descargando así los nubarrones para volver a ver el cielo despejado. Pero han sido demasiados nosellora entre otros muchos nosehaceestooaquello para permitírmelo a veces. Esa sensación de después de limpiarte la cara, respirar profundo y notar que el aire llega mejor a los pulmones entre hipidos desacompasados, no tiene precio y sin embargo es gratuita. 

Se puede llorar de alegría y de emoción y a veces incluso se llora por si no nos volvemos a ver, por el tiempo pasado y el futuro que no existirá. La lista es inmensa, infinita. Pero lo que yo prefiero es seguir estando viva en cada lágrima y en cada sonrisa y dejarlas nacer naturalmente, como pequeñas ninfas libres en el claro de un bosque... de bambú, por supuesto.

domingo, 3 de junio de 2012

La vida es

"En ocasiones la vida no coincide con lo que ESPERO, porque la vida simplemente ES sin ningún PERO que valga".



A mi amiga Giulia y a esos "peros" que bloquean si se les da rienda suelta.

jueves, 10 de mayo de 2012

Imanes

Imanes en plena acción

Sus abrazos sabían a despedida. Había algo entre ellos contrario a la magia de los imanes porque incomprensiblemente casi siempre se repelían. Nunca pensaron que tal vez sólo se habían compartido desde los polos del mismo signo, el negativo. La física de la atracción otra vez llevaba las de ganar aunque no lo supieran. Era lógico que, a más negativo por ambos lados, la historia hiciera aguas. Entre manoteos infructuosos la buscaba en la niebla sin saber que ella era llevada por la corriente magnética a la deriva. Así uno no podía ser la tabla de salvación del otro. Se movían en bucle de manera desacompasada al ritmo de un “Te hundes tú, me alejo yo” seguido a veces de “No sé qué hacer, por favor, déjame hundirme contigo”

Un buen final para un mal principio. Pero desgraciadamente continuará...

domingo, 6 de mayo de 2012

Lo bello y lo triste

Del último libro que he leído he sacado esta cita que me apetece compartir. El autor, Kawabata, me sorprende por la sencillez con la que escribe consiguiendo pasajes de belleza triste o incluso tristezas bellas. No sé. Recomendable para aquellos a los que les atraiga Japón como a mí.

"El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere en cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos, pero cada ser humano flota de distinta manera en el tiempo."

"Lo bello y lo triste" de Yasunari Kawabata (1961).

domingo, 15 de abril de 2012

Una de besos


Los besos demuestran lo que somos. Hay tantos tipos como personas multiplicadas por las relaciones que se pueden entablar entre ellas. ¡Un disparate!

¿Te has parado alguna vez a pensar en cómo los das? Puede que ni siquiera lo hagas porque apartas la cara en vez de acercarla en una lucha porque el trozo de piel en contacto sea el menor posible. Si es así en todos ellos, háztelo mirar. Es broma.

En la vida das lo que recibes o recibes lo que das, no sé muy bien el orden. Lo que sí está claro es que requiere empezar en algún momento. Creo que los besos raramente son fingidos y parecen un buen indicador de la intensidad de nuestros vínculos. Seguro que estás pensando que ese beso frío y distante de cortesía que te deja como si no existieras se puede colocar en la categoría de fingido. Aquí yo siento decirte que no. Ese beso es sinceramente aséptico sin más, sin alardes de ilusión por verte ni apretones invasivos y, por supuesto, en él no hay nada de teatro.

Si calificáramos los distintos tipos de besos la lista sería bastante amplia, infinita, pero podemos intentar condensarlos: Los hay tiernos como bollos de leche, suaves como la brisa, sonoros como los truenos en pleno oído, con o sin abrazo (prefiero los primeros), pasionales, eróticos, al aire, virtuales, …Te propongo que completes la lista conmigo para que no se nos quede ninguno en la recámara. Creo que los besos que no damos existen pero que se nos quedan dentro en un sitio donde es difícil recuperarlos a destiempo. A veces incluso duelen, os lo aseguro.

No me considero una persona especialmente besucona pero reconozco que, de un tiempo a esta parte, me apetece más que me besen y besar. Cuando ese momento efímero y eterno ocurre, me recreo en los detalles para no perdérmelo. Me agrada entonces que todo se pare. Me callo y me dedico a besar, ese arte que aprendemos desde chicos en regazos mullidos. 

¡Silencio, está a punto de pasar! Un beso. BdB

domingo, 25 de marzo de 2012

Todo se mueve



Todo se mueve a mi alrededor, lo siento. El tiempo ya no es el mismo que el del principio de la frase, ni tampoco es ya éste en que tú lees lo que escribo. La Tierra gira y me hace viajar por el espacio que también es inaprensible. Mi cuerpo nunca está quieto, se regenera y se degenera sin hacer ningún esfuerzo, sin pensarlo. La mente, en continuo devaneo, me dice que ya no soy la misma mujer pero que tampoco soy otra. Hay un hilo liviano que me une a esa parte de mí que permanece acurrucada y que me hace yo. 

Puedo estar sentada escribiendo y, cuando quiero, desconectar para permitirme un sueño, que a lo mejor es el tuyo. No desesperes porque todo se mueve ya que, como también les ocurre a los deseos, puede que en algún instante colisionen creando así uno nuevo, el nuestro.

Todo se mueve y me gusta. La savia recorre la primavera oculta entre los árboles, los perfumes serpentean para que podamos recordarlos y el aire lleva de todo a sus espaldas: voces, silencios, aromas y sabores por donde quiera que vaya. Cierra los ojos y velo. 

Todo se mueve y sin embargo encaja.

Imagen:"Huyendo"
Foto ganadora del juego del Tema del Mes de Febrero de 2009 - Sensación de movimiento
Autor: hombre_invisible http://www.fotolibre.org/displayimage.php?album=260&pos=16// CC BY-SA

sábado, 10 de marzo de 2012

Siete diferencias




Ver llover en Murcia se está convirtiendo en un hecho casi tan raro como ver nevar, pero a veces se produce el milagro como esta tarde. Me he dado el gustazo de caminar tranquilamente bajo la lluvia, en la lluvia. Me he puesto la capucha del chaquetón y he andado como si no me esperara nadie, sin prisas. Mientras lo hacía observaba a la gente y se me ha ocurrido este juego, el de las siete diferencias llevado a dos relatos sobre el mismo hecho: Llueve.
 
"¿No me digas que está lloviendo? ¡Vaya m...! ¡Qué mala suerte que tengo, de verdad, y justo hoy que he aparcado en la otra punta! Razón tiene mi santa madre cuando me dice que siempre se me ocurre lavar el coche y salir cuando va a llover. Y el paraguas, cógete el paraguas, nena y yo que no que aquí nunca llueve y si le da por caer son cuatro chispas de na', mamá. Me estoy calando hasta la médula, y qué necesidad tenía yo de quedar hoy, total pa comer unas tapas caras y desabrías. Y mira ésa la cara de flipa' que lleva, debe estar un poco para allá, con la capuchica y la sonrisica guay. ¡De verdad que te digo yo que hay cada uno que...!"

"¡Cómo huele la ciudad mojada! El sonido de la lluvia sobre la ropa es rítmico y parece como si las gotas se hubieran puesto de acuerdo para seguir el mismo compás, tac, tactac, tac. Mejor no lo pienso, lo siento. La catedral recibe otra vez más la lluvia como desde hace siglos, dejándose acariciar desde el cielo al contrario que nosotros que corremos despavoridos como si nos fueran a morder o nos diera mucho miedo. Tantos años de “notemojesqueteponesmala, nopisesloscharcos, llévateelparaguas” los voy a tirar hoy por la borda. Simplemente mientras paseo me dejo mojar con una ligera sonrisa de pilla, la de la niña a la que no le dejaron aprender a disfrutar de la lluvia. Ha parado y la luz es ahora más limpia, el verde más verde y los otros vuelven a sus quehaceres también con prisa, ¿no se cansan nunca?”

No me he parado a contar y al final no sé si son siete las diferencias, aunque no importa. Tampoco pongo en duda que la lluvia en Sevilla sea una pura maravilla, pero es algo que ocurre en más sitios, os lo aseguro.

Foto de mxgirl85's photostream "Rain" http://www.flickr.com/photos/13013135@N00/5879848337/sizes/m/in/photostream/ CC BY

martes, 6 de marzo de 2012

Como Bambú

Microrrelato

«Cuando conseguí acallar mi mente, fui capaz de escuchar el silencio y confundirme con él. Perdí la sensación de corporalidad: no frío, no calor, no latidos. Sólo la inmensidad y yo o yo-inmensidad» le decía el maestro a su discípulo. Aquel pequeño Buda, con la cabeza rapada y el brillo de todos los soles concentrado en los ojos, no comprendía pero estaba tan atento que nadie hubiera dicho lo contrario. Sus esfuerzos por entender le hacían parecer mayor envuelto en aquellas telas de vivos colores que lo desdibujaban entre sus pliegues. 

Desde que ingresó en el monasterio, 竹(**) había despuntado por su inteligencia y humildad. Se adaptaba a la rutina estricta de los monjes y no lloraba, entre mantra y mantra, como solían hacer a escondidas los otros novicios. Sorprendentemente parecía sonreír siempre, en un estado de concentración que causaba la admiración de los que lo rodeaban. Había aprendido muy bien a ser como el bambú, flexible y fuerte a la vez, que no llega nunca a romperse y recupera, tras la tormenta, su elegancia natural, como si nada. 

La primera lección, la que decía: «En el río, sé agua» la comprendió al instante porque su cuerpo diminuto sabía lo que era pasar a través de los espacios más reducidos para encontrar comida para los suyos y salir de nuevo sin ser visto, como si nada. Además, aunque tampoco entendía muy bien lo que hacía entre aquellas columnas maldurmiendo y despertando a deshoras, decidió que siendo agua se estaba mejor que convertido en bloque de hielo. Se estaba más caliente en invierno y siempre encontraba algo que llevarse a la boca gracias a la generosidad de las buenas gentes. 

Ser el menor de los hermanos varones le brindó esta oportunidad y cuando le salió al paso, él, sin pensarlo y sin saber lo que cambiaría su vida, se dejó convencer a la primera porque cualquier cosa era mejor que nada. No se tiene miedo cuando queda poco que perder y cualquier brote de hierba se confunde con una primavera entera.

No recibir noticias de su familia en aquella montaña donde lo único que llegaba a veces era el eco, no le preocupaba y, como no se podía permitir desperdiciar los pocos ratos de sueño de cada día, cuando caía en su jergón, simplemente dormía, como si nada.

Al cabo de los años, olvidó el regazo de su madre y el olor de la lumbre en el pelo enmarañado de sus hermanos e incluso sus caras familiares pasaron a ese lugar de la memoria en el que los recuerdos dejan de existir. Pero Take siguió dejándose mecer por el viento, como si nada.


(**) En japonés: Take (Bambú)

Imagen de luispabon titulada "Sin vértigo" http://www.flickr.com/photos/luispabon/1341776149/sizes/s/in/photostream/CC BY-NC-SA 

domingo, 19 de febrero de 2012

El camino de Olaya

Microrrelato 

Primera y única foto del camino de Olaya

Olaya era una aldea alejada de casi todos los sitios o quizás no. Si mirabas en los mapas te dabas cuenta de que cada día aparecía y desaparecía en las regiones más distantes del país. No era algo habitual pero lo curioso es que tampoco llamaba demasiado la atención un fenómeno geográfico tan inexplicable. Quizás el hecho de que todos sus habitantes se encontraran afectados por la misma incapacidad hacía que el cambio de sitio fuera lo menos importante. 

Desde hacía varias generaciones los olayenses eran incapaces de abrir los ojos pues sus párpados carecían de movimiento. La ceguera colectiva no fue descubierta hasta hace unas décadas cuando un viajero que pasaba por allí, algo realmente extraordinario ya que nadie sabía dónde aparecería el pueblo al cabo de un rato, se dio cuenta de que todos se movían con total naturalidad a pesar de tener los ojos cerrados. Después de observar a un grupo de muchachos que jugaba al escondite en la plaza del pueblo a plena luz del día mientras se ocultaban en los sitios más visibles, comprendió que aquello no era precisamente un juego, y que estos chavales nunca habían visto lo que les rodeaba.

Cuando empezó a hablar con los habitantes descubrió que un buen día, según contaba la tradición, todos los niños nacían privados de músculos en los párpados y conforme llegaban las nuevas generaciones la epidemia se convirtió en pandemia y finalmente perdió su nombre porque dejó de ser un problema. Hacía tiempo que nadie hablaba de ceguera, de hecho en los diccionarios no existía esa palabra ni ninguna otra de su misma familia y tampoco sus contrarios.

En la escuela se hablaba con total naturalidad de los 4 sentidos: oído, gusto, olfato y tacto. Habían adaptado todo de tal manera que podían hacerlo todo como si tal cosa. Por ejemplo, escribían marcando signos desconocidos para nosotros en unas tablillas que tenían en su base una sustancia que se podía alisar para luego poder escribir de nuevo en ellas.  

Llamaba la atención la manera de vestir porque hacía ya tiempo que nadie se preocupaba por el color de la ropa que llevaba puesta. Casi todos vestían una especie de sayo que les cubría del cuello a los pies y que carecía de detalles que fueran más allá de agujeros para meter la cabeza y los brazos. En él los adornos brillaban por su ausencia si bien, en el mejor de los casos, aparecía algún que otro bolsillo. En verano la indumentaria era la mínima esencia pues el pudor era también un término y una costumbre olvidados.
 
Nuestro viajero estuvo meses intentando que aprendieran a abrir los párpados, primero en la total oscuridad para que la luz no les hiciera daño en los ojos y luego en presencia de pequeños focos de luz, pero no tuvo éxito. Y como no se atrevía a abandonar el pueblo para pedir ayuda porque no sabría nunca cómo regresar se negaba a dejar a aquellas personas a la deriva. 

Contaban algunos vecinos que nunca habían visto (en sentido metafórico) a ningún otro viajero por aquellas tierras en toda su vida y que por supuesto nadie se había ido de allí por miedo a perderse en un paisaje desconocido. Incluso los más intrépidos "Juan Salvador Gaviota" de la localidad no se atrevían a llevar sus pasos más allá de la orilla del río. Para ellos era muy complicado dejar la familiaridad de sus calles con su olor y las estatuas características en cada esquina.

Lo que más destacaba nuestro viajero a su regreso era que los vecinos de Olaya no echaban de menos lo que no habían conocido y se mostraban tan felices o más que cualquiera de nosotros porque en su vida no ver era ver. Olaya es un Macondo perdido en el espacio y en el tiempo donde puede que llegue alguien o no en cualquier momento o nunca.
 
Nota: Este microrrelato surgió de una conversación que mantuve hace unos días con mi hijo. De repente me preguntó directamente qué pasaría si no pudiéramos abrir los ojos lo que me hizo plantearme la situación que relato. Muchas gracias.

Renota: No sé cómo, este cuento estuvo publicado unas horas y al día siguiente desapareció del blog. Al comentarlo en casa mi hijo se dio cuenta de que un hecho así sólo podía pasar en Olaya. Por fin lo recuperé partiendo de un primer borrador y de lo que recordaba. Es una nueva versión pero como casi nadie conoció la primera, nos quedaremos con ella como si fuera la buena. Espero que no vuelva a pasar lo mismo pero, si así fuera, lo buscaré de nuevo en Olaya.

Foto: Almudena-' photostream "Camino a ninguna parte II (Pérdida de Trazado)" http://www.flickr.com/photos/aballesters/273018016/ CC BY-NC-SA

domingo, 12 de febrero de 2012

Ventanilla


Cuando viajas, el recorrido puede ser una tortura. Recuerdo que ayer había una chica que se pasó las cuatro horas hasta Madrid como el burro de Sherk:"¿Falta mucho? ¡Me a-burro!" Algo normal en su caso porque de tal animal tal sensación, y por supuesto no me refiero a la chica. "Chist, chist, oye que no era un burro, que era un asno. Gracias por la aclaración, pero con lo mono que ha quedado no lo voy a cambiar ahora".

No, en serio. Escucharla supuso para mí una revelación y le agradezco que me enseñara que el camino no es un paréntesis en la vida sino que, afortunadamente, forma parte de ella. Cuando te la pasas achuchando a las horas para que corran, te conviertes en alguien que se pierde las transiciones y para colmo las vive mal. Lo único que cuenta entonces es el objetivo de manera que quitas todas las hojas de la lechuga de golpe para llegar al cogollo o te quedas sólo con el final de una película. Es una opción cada vez más de moda, o no, no lo sé. Cuando llegas al sitio o a la situación casi nunca se corresponde con tus expectativas y la decepción continúa. 

Para mí ayer el viaje resultó especialmente bello. Me dediqué a mirar por la ventanilla con ojos creativos o simplemente nuevos. Dejé que lo que pasaba, perdón, la que pasaba era yo, me sorprendiera. Llegó un momento en el que no sabía si las palabras designaban a las cosas que iban apareciendo o si las cosas existían sin más, sin que fuera necesario etiquetarlas para que yo las comprendiera. Fue una experiencia natural. 

En el recorrido vi animales: un perro tipo san bernardo que ladraba hacia el tren pero a la vez corría en dirección contraria en un acto de bravuconería; una bandada de pájaros lilas al fondo del paisaje y, aunque no eran de ese color, no hice el esfuerzo de volver a pintarlos para quedarme con la estampa que me había venido a mi imaginación; una liebre perdida en un huerto de limoneros; unas aves acuáticas dejándose llevar por la corriente de un río.  La secuencia de imágenes que rodaba era de cine mudo y los negativos tenían el tamaño del cristal de mi ventanilla. ¡Yo, si ruedo, lo hago a lo grande! De vez en cuando cerraba los ojos un rato o simplemente atravesaba un túnel y, de repente, el escenario cambiaba radicalmente. El río era una montaña, o el bosque un pantano. A veces las extensiones de agua se convertían en mantos de tierra infinitos o en arrozales listos para ser plantados. Seguro que nadie ha vivido el viaje como yo entre todos los pasajeros de ese tren ni de todos los trenes que recorren esta vía cada día. Pero lo mejor es que para mí tampoco volverá a ser nunca igual y de mí dependerá cómo recorrerlo. Gracias, compañera de vagón anónima.

 Imagen de Sinusiridium "/train view #2/" http://www.flickr.com/photos/sinus_iridium/4659616001/in/photostream/ // CC BY

jueves, 9 de febrero de 2012

Xiao

Microrrelato


Desde que yo recuerdo Xiao ha estado en mi vida. Éramos vecinas y, aunque nos separaban dos años, jugábamos sin parar día tras día. La foto que aquí os muestro no sé si es real o es simplemente un recuerdo difuso que guardo en mi mente pero que refleja muy bien lo que había entre nosotras. 

Ella me llamaba "mèi mei" (hermana) y mucha gente así lo creía porque decían que incluso nos parecíamos. Xiao siempre quiso ser mayor que yo y, en los primeros años, me preguntaba casi a diario: "¿Y hoy, cuántos años tienes hoy?" supongo que con la esperanza de poder adelantarme en cualquier momento. Al principio le explicaba que el tiempo pasaba igual para las dos y que ella no podía correr más que yo porque nuestras vidas se movían en paralelo. Pero, como en su cabecita no cabía el tiempo, siguió años y años con la misma cantinela. Esta pregunta sigue siendo una broma privada entre nosotras que nos hace reír cada vez que nos volvemos a ver. Si os soy sincera, ahora, no me importaría decirle que esta vez ha corrido más y por fin me ha adelantado.

Lo que me gustaba de Xiao era su capacidad de ver la belleza. Era tan optimista que chocaba verla reírse cuando, en pleno invierno, se movía como si nada con sus pequeños pies mojados y unos coloretes rojos como manzanas. Me hacía preguntas que yo no llegaba a responder y, aunque llevo dándoles vueltas desde entonces, no sería capaz de hacerlo todavía. Mientras jugábamos al go y, siempre mientras yo pensaba mi siguiente jugada, ella soltaba de repente: ¿Mèi mei, a que todos nos estamos muriendo poco a poco? Yo, la miraba fijamente y sabía que ante esa mente tan despierta tenía perdida la partida.

El paso del tiempo hizo lo que tan bien se le da, nos separó. Nuestra calle no ha vuelto a ser la misma desde que ella ya no vive aquí. La acera en la que nos sentábamos siempre parece incompleta, tan oscura y vacía hasta en los bulliciosos sábados de mercado. Cuando podemos nos llamamos y, en algunas ocasiones se deja ver por esta aldea que no pilla de paso a ningún sitio. Mèi mei, ¿me acompañarás alguna vez a la ciudad? Yo la miro y lo único que se me ocurre como respuesta es: ¡Sólo cuando seas mayor que yo, Xiao!


NOTA: Normalmente escribo un relato y luego busco la imagen que lo ilustre. En esta ocasión ha sido al revés: la foto me dio ganas de escribir sobre ella. La idea de fijarme en dos niñas chinas me apetecía un montón, y así sin más acababa de encontrar el tema de mi próxima entrada al blog.

Cuando esta mañana he buscado el nombre de las protagonistas, de repente me ha venido a la cabeza la palabra Xiao tal como veis en el relato. Hasta ahí todo normal, pero, conforme la escribía, se me ha ocurrido meter ese nombre en "el rectángulo que todo lo sabe", Google, y me he llevado la siguiente sorpresa: Un/a xiao es una "Flauta vertical de bambú". Ya me ha dejado alucinada que tuviera significado, pero lo que más me ha encantado ha sido la coincidencia entre el nombre del blog, la palabra elegida al azar y el material del que estaba hecho el instrumento. ¡Después de todo sé más chino de lo que creía! 

Imagen de Spaceabstract "Times are changing fast my friend" http-//www.flickr.com/photos/spaceabstract/6752189209/in/photostream/lightbox/ CC BY

miércoles, 8 de febrero de 2012

Otra manera de publicar

A veces la vida te da regalos y no es ni siquiera el día de tu cumpleaños. Yo cuento con dos amigos con los que comparto despacho en el trabajo y que son para mí un regalo cada día. Compartimos inquietudes, risas, complicidades... Para colmo son unos tipos con mucha creatividad: Antonio Aguilar es, además de otro montón de cosas, poeta y César Cerón es fotógrafo con una gran sensibilidad en todo lo que hace. Os dejo el enlace de su blog y su página web respectivamente para que disfrutéis un rato cuando os apetezca.

Bueno pues, estos dos amigos se quieren lanzar a la aventura de publicar un trabajo conjunto en el que no se sabe si se leen las fotos o se miran los poemas. Para ello han optado por una nueva forma de patrocinio en el que cualquiera puede ser su mecenas. Aquí os dejo una presentación de este proyecto por si os animáis a ser unos Médici del siglo XXI.


jueves, 2 de febrero de 2012

Despierta

 Microrrelato


Son cosas que pasan, paciencia, me decían para consolarme. Yo asentía como una niña buena pero no estaba en absoluto de acuerdo porque lo que me había ocurrido a mí no le pasaba a todo el mundo. La llegada de mi hijo pequeño con esos problemas tan serios no me dejaba dormir, ni serenarme y menos aún lo iban a hacer unas frases estereotipadas cualesquiera. Me di cuenta de que no sabían lo que decirme y, en lugar del silencio, preferían darme una palmadita en la espalda para calmar sus conciencias. Seguro que vernos por la calle paseando a Julián levantaba muchos comentarios de este tipo y yo pasé, sin darme cuenta, de la rabia ante cualquier comentario a una sonrisa amorosa que me demostraba a mí misma que ya lo había asumido.

Los días pasaban y la situación crítica se convirtió en lo habitual, en una nueva forma de vida: mi vida. Mi relación de pareja se fortaleció al regarla con tantas lágrimas y pasamos de ser amantes a enfermeros 24 horas, en un turno que no tenía nunca relevo mental aunque durmiera. Cuando lograba que los suspiros después del llanto me dejaran pronunciar alguna palabra, entonces éstas, replegadas por el aluvión de pensamientos negativos, se callaban para no decir lo que sentía. No servía de nada remar contracorriente para escapar, ni esconder la cabeza como una avestruz. Había llegado el momento de mirar hacia delante y ver la realidad sin esos típicos filtros rosados que tanto engañaban desde pequeño.

Al principio, imaginaba que estaba en un sueño y me pellizcaba para salir de la pesadilla de una vez por todas. Ahora que estoy al lado de mi niño mientras escribo estos pensamientos sé que, cuando abra los ojos y me sonría, entonces y sólo entonces, estaré realmente despierta.

Imagen: Happy Pills-Despierta de Alejandro Arango http://www.flickr.com/photos/alejoarango/255383832/in/photostream/ // CC BY-NC

domingo, 22 de enero de 2012

Instantánea

No sé si a vosotros os pasará lo mismo pero a mí, de vez en cuando, hay imágenes que se me quedan grabadas en la retina y me vienen a la cabeza durante un tiempo, como las olas.

Paseaba este viernes por Murcia cerca de la catedral donde, curiosamente, siempre suena música para mí aunque no haya nadie que toque. Una bici que viene en sentido contrario y lleva como abanderada a una joven sentada en el manillar. Es una de esas bellezas naturales, sin maquillar, con el pelo suelto y de una piel que irradia juventud por cada uno de sus poros. Ella, con los ojos cerrados y una ligera sonrisa que apenas se le dibuja en la cara, se recuesta, con total abandono, en el hombro del chico que dirige la bici. Ambos se encuentran en la misma burbuja, presas de un hechizo. Ella respira tranquilamente el aire del invierno y se deja llevar sin rumbo por la ciudad. Justo cuando están a un par de metros de mí, él se acerca por detrás y le da un muerde en el cuello, el muerde diría yo, porque era el único que encajaba perfectamente en la escena. Fueron muy pocos segundos, o quizá no llegó ni a uno, pero ella con el roce de aquellos labios dejó ver, esta vez sí, una sonrisa en la que se reconocía amada, deseada sin tener que abrir los ojos para confirmarlo. 

Me los imagino aún paseando, ajenos a las miradas, a la gente que, a su paso, se queda absorta ante ese mascarón de proa a la deriva por la ciudad, un Titanic con un final feliz.


Fotografía: "¿Me llevas?" de Sary García// http://www.flickr.com/photos/sary-chan/5470948425/in/photostream//CC by-nc-sa

miércoles, 4 de enero de 2012

Monólogo

Microrrelato

Mujer... por Teresa Mtz
Ilustración: Mujer...de Teresa Mtz//www.flickr.com//CC BY-NC 2.0
"Siempre me dices lo mismo, una y otra vez, zunzún, zunzún. Yo hago como que te escucho, abro bien los ojos y cierro las orejas porque no me hace falta más que ver tu boca para leer entre líneas. Mira, ya me lo sé todo al dedillo. ¡Pregunta, anda, pregunta! ¿Empiezo? “Te lo tomas todo demasiado en serio, no eres una superwoman, sólo una woman a secas, no tienes por qué sonreír a todo el mundo, no te muerdas las uñas, no enseñes los dientes cuando ríes, ponte derecha, no salgas sola, esto está incomible...” en fin toda esa letanía que aburre al más pintao. No creas que no me importa lo que me dices, qué va, es sólo que tanto machaque me tiene anestesiada y no sé para dónde tirar. Siempre me dices que quieres lo mejor para mí, pero eso no significa que coincida lo que yo quiero con lo que tú esperas. ¡Ni mucho menos!

Me desquicia a más no poder que lo hagas delante de la gente y, cuando digo gente, comprenderás que exagero ya que hablo de tus amigotes. Ahí tengo que atarme bien los machos pues de otro modo podría matar con la mirada. Ahora tengo muy avanzada esta técnica, no creas. ¿Te apetece una demostración gratuita? ¡Mira que te puede salir muy cara!

¡Qué disparate! Anda calla un ratico, guapo. ¡No, si te digo yo! Ya no lo soporto más. Otra vez sin fuerzas para romper esta cadena perpetua que me une a ti. Prometo que la próxima vez te lo voy a decir a la cara..."


jueves, 29 de diciembre de 2011

Cambios

Todos los cambios, incluso los más deseados, nos traquetean y nos hacen perder la orientación porque no suelen venir con brújula y mucho menos con paracaídas. La nube de polvo que levantamos en el aterrizaje tampoco deja impasible a los que nos rodean que nos ven llegar entre la bruma y no nos reconocen. Es más, muchas veces, ha habido incluso reclamaciones a la compañía aérea porque dicen que la persona que tienen delante vuelve con serios problemas estructurales y tiene poco que ver con la que ellos recuerdan. "Así no la queremos, no nos va bien en el puzzle de nuestra vida familiar. Si ella toma otra forma, nosotros también tendremos que cambiar la nuestra y ¡es tan cómodo que todo encaje!"

Son los riesgos que se corren cuando uno viaja y descubre nuevas sendas. En muchas ocasiones, cuando se emprende ese camino, hay un antes y un después y, las menos de las veces, nos quedamos con el después por miedo a romper moldes.

Pero tranquilos que las compañías aéreas no hacen nunca caso de las reclamaciones y a nuestros seres queridos no les queda otra que aceptarnos con nuestros nuevos hábitos, gustos y compañías. Es eso o perdernos y claro, aunque se nos critique y se nos pida que volvamos a nuestro estado anterior de sobra saben que no va a colar. Resulta que entonces un paso atrás sería tan complicado como volver a convertir una mariposa en oruga después de haber pasado por la crisálida. Es evidente que ya no cabe en el hueco y que haría falta cortarle las alas que, una vez desplagadas, se hacen más fuertes de lo que puede parecer a simple vista. Aseguran quienes las han probado que volar con ellas resulta una experiencia iniciática difícil de olvidar. ¿Por qué no disfrutarlas y mostrarle a los demás que no es tan raro ni malo tenerlas?.
Maripolola por Lolation http://www.flickr.com/ //cc by-nc-nd/2.0/

jueves, 8 de diciembre de 2011

Una mujer

Microrrelato

La mujer que llora. Picasso 1936
Aquella noche había bebido demasiado. De vuelta a casa los pies le pesaban como losas y sus movimientos hacía rato que habían dejado de ser gráciles. Mientras subía las escaleras de su apartamento de Nueva York, la princesa se convirtió en cenicienta de nuevo. Al abrir la puerta y verse reflejada en el espejo de la entrada se le vino el mundo encima. Su rostro ya no era el de la jovencita de hace años, ni su cuerpo lucía tan bien ese vestido ajustado que marcaba ahora líneas que antes no existían. De repente se sintió ridícula, ¡cómo podía ser tan ilusa una y otra vez! En el fondo sabía que, aunque ella se veía igual que hace años, había dejado de ser la mujer que llamaba la atención a su paso. En su mente sus aventuras amorosas se encadenaban unas con otras y, al mezclarse, le provocaban un sabor agridulce que le des/agradaba. Era duro para ella notar que las miradas de los hombres se dirigían ahora a otras y que para ellos había empezado a ser simplemente la confidente de sus deslices.

Ya en su habitación, acompañada tan sólo por el alcohol que se negaba a esfumarse, rompió a llorar mientras dejaba caer al suelo aquel maldito vestido constrictor. Lloró y, conforme lo hacía, le venían sin cesar imágenes de la velada en las que se veía a sí misma desde arriba, como con una cámara cenital. ¡Se encontraba tan patética riendo, bailando y aparentando ser el centro de la fiesta! 

De aquella noche quedaron dos testigos mudos: el rímel a modo de graffiti en las sábanas y cierto olor a tristeza en su mirada.


domingo, 4 de diciembre de 2011

Dos en uno

 Microrrelato


De repente la casa se llenó de pañales, de chupetes, de noches sin dormir. Esos dos niños gemelos lo coparon todo y a todos: padres, abuelos, titos. 

Los primeros días sus padres fueron muy cautelosos con las pulseras que los diferenciaban, con poner a cada uno en su cuna a cada lado de la cama, pero las noches en blanco y el cansancio enturbiaron las ideas. Poco a poco las reglas se relajaron y, aunque nadie se atrevía a decirlo, llegada la navidad, no se sabía a ciencia cierta quién era quién. En los bebés todo era igual y ni el mismísimo instinto maternal en persona hubiera sido capaz de encontrar algún detalle, alguna señal que marcara la diferencia. Así las cosas y en una época en que la prueba de ADN ni siquiera llegaba a ser ciencia-ficción, nuestros protagonistas empezaron a confundirse entre ellos. Tan pronto los llamaban de un modo como de otro y, para más inri, sus padres se empeñaban en vestirlos del mismo modo, en que les gustara e hicieran lo mismo. No hubo nadie con la suficiente claridad de ideas que tomara las riendas y acabara con este embrollo tragicómico de una vez por todas. Las consecuencias de esta indecisión fueron devastadoras. Llegó un momento en que los niños perdieron su identidad e incluso llamaban al otro con su propio nombre. Al no saber si estaban en lo cierto se miraban perplejos y reían desconsoladamente. Era como si en realidad se tratara de un solo niño con un nombre compuesto, pues ambos respondían insdistintamente a cualquiera de ellos. En el colegio daba igual que los pusieran en clases separadas porque los profesores, incapaces de distinguirlos, nunca estaban seguros de tener delante al que venía en la lista de principio de curso con su foto en blanco y negro y todo.

Los años pasaron y, si queréis que os sea sincero, a estas alturas de mi vida, aún no estoy seguro de ser el gemelo que creo que soy o simplemente el que me han dicho que sea. ¿No os pasa eso a todos un poco de vez en cuando?

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sin palabras

No puedo creer lo que leo a veces en la actualidad. Son historias siniestras que sobrepasan, al menos, mi capacidad de imaginar situaciones imposibles y maquiavélicas. La noticia que me encontré ayer en internet me lleva dando vueltas en la cabeza y en la boca del estómago con un ronroneo que de vez en cuando se transforma en suspiro. No entraré en detalles porque no me apetece repetir los titulares sensacionalistas pero ha fallecido un niño de corta edad porque su padre lo castigaba mentiéndolo en la lavadora. Ese día le dio al on y desgraciadamente entonces fue mortal.

Hoy desde aquí quiero hacer mi pequeño homenaje a este hombrecito al que no le han dado la opción de crecer y de ser feliz. Me encantaría que hechos así tan sólo se pudieran leer en la ficción y que incluso allí no se nos pudieran pasar ni siquiera por la cabeza. No me quedan más palabras.




domingo, 27 de noviembre de 2011

Tiempo para todo

Tenemos tiempo para todo siempre y cuando le demos a cada cosa su importancia. Puede que nos pasemos horas y horas preocupándonos con historias que ya han pasado, que van a suceder o quizás no. Mientras estamos en esos menesteres perdemos oportunidades, nos comemos las meninges y para colmo la vida nos pasa sin rozarnos.

No quiero decir que esas cavilaciones no sean vivir, qué va. Me refiero simplemente a que se parece más bien a un modo de hacerlo tan virtual como un juego de ordenador. Nos montamos historias que ya nos hemos contado miles de veces, las recreamos y nos las recreemos. Volvemos a subir al mismo escenario que dejamos la última vez que actuamos en la misma película: nos enfadamos, nos enamoramos de nuevo, nos ponemos tristes en un espacio y con unos personajes con los que no podemos interactuar. La historia está a estas alturas tan manida como la de La Caperucita Roja, pero no nos cansa. Nos gusta meternos en el papel que nos tocó vivir una y otra vez o en que el nos gustaría estar en un futuro hipotético. Incluso si hace daño, si te corta o te acelera la respiración, nos metemos allí sin reservas, al cien por cien.

Cada uno elegimos a lo que dedicamos cada minuto, cada pensamiento, cada década,... Espero que la vida no sea eso que pasa por nuestro lado mientras estamos ocupados haciendo otra cosa.

El tiempo en nuestras manos

domingo, 20 de noviembre de 2011

Quejorrea

Microrrelato
No se queje, por favor

Doctor, doctor, ¿qué me ocurre?
Mire, los síntomas no fallan. Usted dice que todo le molesta, desde el canto de los pájaros a las risas de los que comen en la mesa de al lado. Está usted incómodo hasta en los momentos en los que todo llevaría a relajarse y dejarse llevar. Es evidente que para usted todo parece una carga. Un runrún mental le reconcome por dentro y le lleva inevitablemente a focalizar su atención en los fallos, en los aspectos negativos de todas las situaciones. Si hace sol como si está nublado, si madruga o se levanta tarde, no importa, para usted lo que cuenta es renegar, en una cantinela que se hace insoportable para los que le rodean y, por lo que me cuenta ahora, también para usted. Nada le satisface y se mantiene atento a lo que hacen los demás tan sólo para criticarlo, hagan lo que hagan, qué más da. Corríjame si no resumo bien lo que me ha explicado. Bueno, pues padece usted una quejorrea aguda. Un caso que no es un hecho aislado, desgraciadamente, sino que se está dando con demasiada frecuencia en nuestros días. Quejarse de todo es el deporte nacional, ni el fútbol ni los toros, qué va, la famosa epidemia de quejorrea nos invade con su extraño magnetismo. No está mal visto que uno se queje porque, como todo el mundo lo hace, las probabilidades de que el que está a tu lado también vaya del mismo palo son enormes. Cuando se entra en este bucle de queja es difícil parar. Además lo peor es que al hacerlo nos autoprovocamos las mismas sensaciones negativas que estamos evocando. Como nuestro cerebro no reconoce si lo que rememoramos nos está ocurriendo de verdad o simplemente lo estamos imaginando, nuestro organismo realiza las mismas reacciones químicas que si tuviéramos delante la situación que nos desagrada. ¡Vaya jugarreta! ¿no?
Pero ¿esto es grave? 
Sí es grave, pero no incurable. 
No sabe lo tranquilo que me deja. ¿Qué tengo que hacer para salir de ésta? 
No llevo recetas mágicas en mi cartera, ni tampoco la llave que cierra los circuitos mentales de este tipo. Es una cuestión de cambio de chip, de centrar la atención en lo que gusta más que en lo que desagrada, de callar cuando lo que se va a decir no es más agradable que el silencio. Por ejemplo, anote las veces que práctica la queja a lo largo de un día. El simple hecho de detectar esa actitud ya supone una clave para romper rutinas. Piense antes de hablar y dése el tiempo de reformular sus pensamientos en positivo.
¡Pero eso es muy difícil para mí! Vaya, he vuelto a quejarme. 
Tal vez sea tan sólo "difácil" y, ahora mismo, sin saberlo, acaba de dar el primer paso hacia el cambio. 


domingo, 30 de octubre de 2011

Palabrapalabra Palabras

Desde que recuerdo he sentido una tremenda fascinación por las palabras, por los juegos que se pueden hacer con ellas, por lo que evocan, porque tienen magia. Cuando leo un libro, un buen libro, siento que no podría quitar ni una de ellas porque todas forman un entramado perfecto. Entonces me doy cuenta de que ese orden era el que buscaban para contar la historia, no sobra ni una coma. Lo mismo me ocurre cuando escucho un poema en el que no hay palabras separadas como tales, sino una estructura invisible que une imágenes, sentidos, pensamientos que de otro modo serían irreconciliables. Pero, si hay algo que da rabia, es cuando no recuerdas los términos exactos de una cita. Empiezas entonces a dar rodeos con explicaciones largas y tediosas para al final darte cuenta de que lo que dices es sustancialmente lo mismo pero no es en absoluto igual. Si cambias la secuencia, pierdes el encanto y parte del sentido.

Yo lo paso genial escribiendo este blog porque juego con las palabras, imagino historias, me doy la libertad de colocarlas como me apetece y, aunque a veces cuesta encontrar el final o el orden que mejor suene, no me importa. Para mí es como un puzzle que empieza con una idea vaga en la cabeza. Sé que quiero escribir sobre ello pero, hasta que no me siento como arrastrada delante del ordenador, soy incapaz de hilvanar con coherencia. Es maravillosa la sensación de encontrar las piezas en mi mente y que encima encajen. A una nube sin forma, como otros cientos de nubes que pasan por mi cabeza, si me paro a mirar, le puedo buscar el parecido con algo o modelar a mi antojo. Es igual que ese juego de niños al que todos nos hemos apuntado en alguna ocasión en cualquier tarde al aire libre. Si os soy sincera yo aún les sigo buscando el parecido a las nubes incluso estando sola.

Hay ocasiones en las que nos falta la palabra adecuada y otras en las que todas las palabras del mundo se quedarían cortas para llegar a explicar lo que queremos. Me recreo en cómo suenan las que me gustan aunque algunas nunca las pueda usar en mi vida cotidiana: candela, escafandra, anémona, Casiopea, ... Otras, al volver a escucharlas, me llevan inevitablemente al pasado, al recuerdo de alguien que allí estuvo para darle un sabor especial. Algunas han caducado y otras nacen cada día. Yo las puedo crear, como alguien en su momento hizo con las pocas que han salido en esta entrada y las que no. Las puedo mezclar en infinitas combinaciones con sentidos distintos.

Y, aunque no existen más que cuando las usamos, me resultaría difícil imaginarme un mundo sin ellas. ¿Sería algo así: ......................................................................?

domingo, 16 de octubre de 2011

Curiosidad

Como suelo hacer antes de dormir, anoche, después de publicar la entrada anterior, me tomé el somnífero que mejor que funciona: leer justo hasta que se me cierren los ojos. Lo chocante del caso es que ha sido esta mañana cuando me he dado cuenta de la conexión entre lo que había escrito y lo que leí después. Pongo una cita para aclarar la coincidencia:  

"...las señales van de los músculos (de la cara) al cerebro y no al contrario que es lo más habitual. Los efectos benéficos de las expresiones faciales en el ánimo de una persona son una de las razones de que, por ejemplo, a las telefonistas se les enseñe a sonreír cuando trabajan, aunque le persona que esté al otro lado de la línea no pueda verlos. Este teoría también explica por qué cuando te han roto el corazón, sonreír ayuda."  

"Conectados" de N. A. Chirstakis y J. H. Fowler, páginas 51-52.

Un poco de gimnasia facial mañanera no le viene mal a nadie, como bien hace la protagonista de la entrada anterior. Si, además, a lo largo del día sonreímos a los que nos rodean, veremos que se produce un efecto contagioso, agradable y muy pero que muy barato. ;)

sábado, 15 de octubre de 2011

L de lunes

Microrrelato

Es lunes. Un despertador que suena y una mano que se mueve torpemente hacia la mesilla para apagarlo. Su primer pensamiento viene acompañado de un suspiro y, mientras se despereza en la tibieza de la cama, sonríe. Sí, sonríe y ¡es lunes! Definitivamente hay algo que no encaja bien en esta historia.

Desde hace un tiempo no importa que el día sea gris, rosa o empiece por l, m, m, j, v, S o D, le da igual. Ella sonríe porque está viva. ¿Qué más da que hoy se llame de un modo o de otro? ¿Ese simple detalle le va a amargar todos los días que no comiencen por la letra que le gusta? Por si no lo sabíais los que empiezan por S y D son los preferidos de la mayoría de la gente, de ahí que se escriban con mayúscula. Pero, como desgraciadamente sólo hay dos en cada semana, los otros cincos muchas veces se les hacen cuesta arriba. Los días lmmjv se los pasan quejándose y diciendo que les resultan insufribles, infumables. Entre queja y queja arrancan las hojas de los calendarios con saña o tachan los días como si no hubieran existido, después otean el futuro esperando que se adivine en el horizonte el barco cargado con su letra favorita.

Para ella en cambio la noche no ha sido más que un remanso necesario para recuperar fuerzas. La transición entre el ayer y el mañana que se resume simplemente en el ahora, el hoy con H que es una letra muda. Entonces se concentra en ese momento justo en el que vuelve a notar que todos sus sentidos la acompañan todavía y estira un poco el brazo para comprobar que no ha dormido sola, que hay alguien a su lado que al mirarla también sonríe.




A mi compañera Mª Dolores. A mí también me hizo pensar lo que me dijiste el viernes. Gracias.


domingo, 2 de octubre de 2011

Lecciones de vida

Son pocas las ocasiones en las que, sin saberlo, podemos llegar a cambiar la vida de otra persona o, si no tanto, al menos remover de alguna manera sus cimientos. Lo que me maravilla de este hecho es que  normalmente no hay intención de provocar tal efecto. Es curioso que lo hacemos sin hacerlo porque no nos damos ni cuenta de que, al decir la palabra adecuada, con la entonación perfecta y justo en el instante oportuno, el que nos escucha deja abiertos todos sus canales para dejarse inundar sin barreras. Puede que haya oído eso mismo que le decimos cientos de veces, pero en cada una de ellas le había sonado a chino o a algo aún más incomprensible. No se puede explicar por qué de repente se enciende para él una luz que le permite ver claro, esa luna llena en una noche sin rumbo.

Como profesora, o mejor dicho como educadora, he prestado mucha atención a lo que decía y hacía en el aula. Desde siempre he sentido sobre mí una gran responsabilidad ya que me relaciono todo el tiempo con adolescentes y jóvenes. Mis alumnos se están formando no sólo en conocimientos sino también y sobre todo como personas. Para bien o para mal yo estoy ahí. Pero a la vez me considero una privilegiada por ello pues entro en sus vidas sin llamar, establezco con cada cual una relación diferente y además aprendo continuamente con/de ellos cosas nuevas. Conforme ha pasado el tiempo he sabido valorar la diferencia como algo positivo, como el derecho que tenemos a la individualidad. Esta idea tan evidente ahora en mi época de estudiante era impensable. Entonces, te difuminabas entre la masa de compañeros y (casi) ningún profe atendía a los ritmos diferentes porque se hacía tabla rasa. No importaba que te sintieras mal, lo que contaba era sacar buenas notas. No me apetece repetir los mismos cánones, eso también lo he aprendido.

Todos recordamos esa frase o la actitud de una persona cercana que nos ha marcado para bien (o para mal, cosa que también ocurre) en nuestra propia percepción o que nos ha hecho recapacitar. Podríamos hacer una lista con todos los que con su ejemplo (o contraejemplo) nos han enseñado a vivir mejor.  Nos sorprendería ver que no se trata de un listado muy amplio pero que está repleto de encuentros que se nos han quedado tatuados con tinta invisible. Lo que une a esos seres es la no intencionalidad en lo que hacían, y lo que resulta alucinante es que nos lo han transmitido naturalmente, del mismo modo que se aprende una lengua materna.


Desde este rinconcito de la globosfera quiero darles las gracias a esas personas, muchas de ellas anónimas, que me han permitido ser la que soy hoy. Por esa sonrisa amiga, por ese apretón cariñoso en el brazo en los momentos duros, por esa palabra de reconocimiento, por esa mirada cómplice,… Incluso los hay que me enseñaban que no siempre hay que seguir el ejemplo porque un buen contraejemplo era igual de efectivo: haz lo que digo y no lo que hago. A todos ellos, simplemente gracias.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Peces de colores


Me muevo sobre una superficie líquida que permite a los demás y a mí misma deslizarse sobre ella o bien sumergirse. Hoy imaginaba que ésa era mi vida, el espejo de un lago, un mar tranquilo unas veces y revuelto otras. Esta imagen me ha venido a la mente cuando me despedía de alguien con quien había compartido una charla estupenda. En el momento del adiós me daba pena que se marchase de mi vida, aunque fuera por unas horas, días, semanas, no importa. Desde ese lugar imaginario en que yo estaba veía como un bonito pez de colores se zambullía en el agua a mis pies y desaparecía de mi vista. Mientras se alejaba, las ondas de su impacto en el agua me mecían y me recordaban que esa pezsona había estado a mi lado. 

Los encuentros, ya sean fortuitos o programados, siempre me han producido sorpresa y me han maravillado. Recuerdo que unos de mis sueños de niña era precisamente esto que cuento: remaba en una barca en mitad de un lago y del agua surgían peces voladores que me dejaban boquiabierta. Nunca sabía por dónde iban a irrumpir, pero eso era lo que realmente le daba su punto mágico e inquietante. Cada salto de uno de aquellos peces brillantes y luminosos me provocaba la misma admiración, una y otra vez. Lo cierto y verdad es que hasta bastantes años después nunca tuve la ocasión de ver algún salto aislado parecido en un pantano. Si voy más allá tengo que confesar que aún hoy no sé si esos peces existen o los creé tan sólo para mi sueño.

Es curioso que yo también me puedo sumergir cuando quiera y aparecer ante otra pezsona simplemente porque me apetece. Comparto entonces unos cuantos saltos con ella, creamos juntos nuestra propia estela única e irrepetible y, cuando queremos, nos separamos. Sinceramente no hacen falta astrolabios ni artilugios raros para orientarse en esta dimensión. A veces ocurre que precisamente los encuentros más bonitos son los que no se preparan, los que te hacen fluir en este líquido como una sirena.

Sé que no es real lo que me imagino, lo sé. Sé que los peces no vuelan, lo sé. Sin embargo no voy a dejar de soñar con ellos. ¿Nos vemos en tus sueños o en los míos?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Huracán

Microrrelato


Aquellos días sus sentimientos fluctuaban del amor al odio en cuestión de segundos. Esa avalancha de sensaciones encontradas la tenían desbordada. Intentaba aprender sobre sí misma y, para ello, se paraba en cada una de las ocasiones en que se tiraba por el tobogán emocional a mirar lo que se producía en su cuerpo, en su mente, en su rostro,... Pero claro, como muchas veces cuando se está en el ojo del huracán, la calma chicha resultaba muy engañosa, impidiendo ver el camino ya recorrido y, lo que era aún peor, el que quedaba por explorar. Temía que sus efectos fueran ya devastadores y que lo que había destruido dejara una  huella demasiado profunda a su paso.

Por supuesto no tenía por qué hacer lo que todos esperaban que, por otra parte, sería lo más sencillo. Se trataba de decidir y actuar según sus propios deseos, sin intentar contentar a nadie más que a ella misma. En su cabeza las ideas daban vueltas como en un tiovivo. Pasaban y repasaban invariables, en una especie de bucle perfecto. Y cada vez que lo hacían conseguían irritarla aún más si cabe. ¿Dónde puñetas se para esto que yo me bajo? ¿Seré capaz de salir de esta espiral infinita? 

Se le hacía tan penoso como cuando una rueda patinaba en el barro.  Y ya se sabe, a más revoluciones, más hondo se hacía el agujero. La salida se convertía así en una hazaña imposible que simplemente conseguía remover una y otra vez el mismo lodo. En algunos casos había que llamar incluso a la grúa. Llegada a este punto de no retorno lo único que le funcionaba era tomar una decisión, la que fuera. De repente, justo en ese instante de clarividencia, el centrifugado mental se paraba en seco. Ya no importaba tanto que se escogiera lo más acertado. Aquélla se convertía sin duda alguna en "la decisión", la verdadera, y todas las demás posibilidades perdían consistencia, reducidas a meras cábalas sin sentido. Asombrosamente ya tenía fuerzas para sacar ella sola el coche del barro a empujones, para dar vueltas y más vueltas en el tiovivo sin marearse pero, sobre todo, para mirar con otros ojos al huracán que a su paso, de forma casi milagrosa, había colocado cada cosa en su sitio.